Eugenio

Tengo un amigo que es un buen tipo, un brillante juntaletras de julio en julio al que le gustan los toros más que comer con los dedos y, con cuarenta agostos encima, le ha dado por correr medias maratones con una visera azul oscura casi negra. Pero eso es lo de menos. El bueno de Mariano ve y observa; oye y escucha; vamos, que lo mismo podría ejercer de periodista que de escolta de la mismísima doña Letizia.

Se ve que abducido por la rebajas y arrastrado por la familia, Mariano ha querido acercarse a una tienda de esas en las que solo hay chollos y devoluciones. No me ha dicho si se ha comprado una camisa de cuadros o docena y media, pero debía estar el centro comercial a punto de colgar el cartel de no hay billetes como si se tratara de una encerrona del diestro de Galapagar.

Con bastantes colas y el abundante estrés de las dependientas veinteañeras se ha resuelto el jaleo con una llamada de auxilio por megafonía: “Eugenio, acuda a caja. Eugenio, acuda a caja”. El currela, rubio apelorrijado tirando a calvo y con medio siglo encima, se ha puesto a cobrar camisas y leggins de saldo. Eugenio ha llegado rápido, sí; tan deprisa como lo hacía por la banda las tardes de El Sadar y El Calderón. Porque Eugenio Bustingorri corre que se las pela hasta con medio siglo en el esqueleto y sus kilos de más.
A Mariano Pascal, un amigo de olé.

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