¿Por qué lloras?

Leticia no solía ver por televisión los programas que filmaba; con “cumplir” con la grabación se daba por satisfecha. Conviene aclarar que, para ella, esa palabra entrecomillada significaba una documentación previa de la localización, la visita a la zona para fotografiarla y, de esa manera, poder ofrecer a los televidentes un magnífico producto. “¿Cuándo sale? Los martes por la noche; después de cenar, a eso de las diez de la noche en La 2”, contestaba con la cámara adosada a su hombro izquierdo a quien le hiciese la pregunta del millón.

Ella era consciente de que su media hora de programa no reventaría el audímetro. Aun así, tenía gran interés siempre, pero mucho más en este caso concreto; quería rumiar lo que su Panasonic AG-HMC81E había captado en aquellas dos horas de grabación y ver el resultado final.

Leticia jamás se llevaba el trabajo a casa al sacudirse las preocupaciones con buenas artes, sin embargo esta vez, ni cerrando los ojos se le borraba de la mente la mirada del niño de la calle, el protagonista de ¿Por qué lloras?    

“Los niños de la calle van descalzos para sentir el mundo; para sentir que son de este mundo”, decía la voz en off, su compañera Rosana, una locutora que rebosaba verdad en cada una de sus frases. Puro arte periodístico.

-¡Qué grande…! Cómo empieza; la va a fichar cualquiera, pensaba Leticia de su colega mientras devoraba una rebanada de pan de molde con paté frente al televisor.

El reportaje aprovechaba la fecha del 20 de noviembre, el Día Internacional de los Derechos del Niño, para poner en primera persona un problema que también se da aquí al lado, en el hemisferio sur del hemisferio norte; una lacra que padecen estos niños sin derecho a la vida; a tener una familia, afecto, armonía, libertad; a la educación, a la salud; a la paz; a la diversión…, y así, hasta la enésima potencia.

Leticia, al acabar con la rebanada de pan, comenzó con las uñas mientras, plano a plano, iba viendo en dos dimensiones lo que ella misma vivió cuando la luz roja estaba encendida. En ese momento, su cuarto de estar olía a aguas fecales, le picaba la cabeza y tenía los pies fríos; vamos, como el niño de la calle, quien desafiaba al capitalismo y a todo Occidente al jugar con la tarjeta Visa Premium que se había encontrado en un contenedor. “¡Soy el más rico del vertedero! Si la metes por el cristal de un coche, te se abre. ¡Mira, a que parece un espejo!”, decía mientras desenfocaba la lente de la cámara de Leticia con los reflejos que provocaba el dinero de plástico.

-Y tú, ¿cómo te llamas?, le preguntó Rosana.

Levantó los hombros con rapidez; era un chaval listo, vivo, catedrático de la intemperie, aunque iletrado de muchas otras cosas.

-¿Sabes qué día es hoy?

-Sábado.

-Eso es; sábado, 20 de noviembre, el Día Internacional de los Derechos del Niño.

-Me da igual.

-¿Te gustan los sábados?

-Me da igual.

-¿Qué sueles hacer los sábados?

-¡Que me da igual! ¿Yo qué sé? Lo mismo que los demás días; me gusta robar coches con el primo y traérselos al papa; busco cobre; me encanta chorar bolsos con cremallera, asín es más difícil; me colo en el circo; choriceo jabón pa’lavar las ropas…, comentaba con naturalidad.

La media hora de programa estaba terminando, como las uñas de Leticia, cuando sonó la melodía de su teléfono móvil. “Dime Rosana. Sí, lo estoy viendo. Esta vez sí. ¡Qué! ¿Has incluido eso? Buff, creo que voy a ir a por un pañuelo… Hablamos cuando termine, ¿vale? Besos”.

-¿Eres feliz?, se oyó a través de la pantalla, que ofrecía un primerísimo primer plano de los ojos del niño de la calle.

-…

-¿Te puedo regalar algo?

La cabeza despeinada, sucia y piojosa del menor se movió deprisa, muy deprisa; desde el cielo hasta el suelo.

-Toma; se titula Kafka y la muñeca viajera; lo ha escrito Jordi Sierra i Fabra; es precioso.

El niño de la calle se puso a sollozar.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras?

 

-Porque no sé leer, contestó mientras la pantalla ofrecía los títulos de crédito de aquella media hora de programa que no reventaría el audímetro.

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