Procura olvidarte

Este 21 de septiembre se celebra el Día Mundial del Alzheimer. Aquí va un breve homenaje a los enfermos y a sus familias mediante el relato que preparé hace algún tiempo para el programa ‘Más que palabras’, que presenta Almudena Cacho en Radio Euskadi. Para ello visité un centro y pasé varias horas con una amiga y su madre, quien, por cierto, murió recientemente.

-¿Sabes qué es lo último que me dijo antes de ingresar en la residencia de ancianos? Procura olvidarte.

-¡Qué lúcida!

-¡Cómo voy a dejar de acordarme de toda nuestra vida en común! Ya le he insistido que, en un año, estaremos juntos. Los dos.

-Se encuentra en buenas manos. Atendida, asistida, medicada. Tú no has podido hacer más; la has cuidado como ella lo hubiera hecho contigo.

-Me tendrá a su lado. Recuerda esta fecha: 21 de septiembre.

-¡Qué cosas tienes! Ella reside en una planta concreta, en la de los enfermos de…

-¡Calla! No pronuncies esa maldita palabra.

-Aprende a acostumbrarte. Acuérdate de todos los buenos momentos.

-Yo no quiero vivir de los recuerdos. Yo no puedo vivir de los recuerdos. Dentro de un año estaré con ella.

-Chema: desengáñate. Si tú no padeces…

-¡Cállate ya!

Chema convertía cualquier detalle en memoria al trasladarlo a su convivencia con Adela. Pura evocación. Como el olor del frasco de Chanel Nº 5; el aroma de los chicles de canela; la canción Procuro olvidarte, de María Dolores Pradera; una postal parisina; el crucigrama del periódico vacío; los párrafos de Cuando ya no te importe, de Juan Carlos Onetti; un simple plato de alubias verdes; o las escenas de la película de Fred Zinnemann, De aquí a la eternidad. Por todo esto Chema ideó un plan, una estrategia con un fin que llamó Objetivo 21 de septiembre.

Los bomberos tuvieron que actuar en su cocina por culpa de una sartén en llamas que incendió la campana extractora de humos y un par de muebles. Los vecinos  comentaron el suceso con cierta intranquilidad. Además, les preocupó que se dejara al poco tiempo las llaves de casa dentro, por lo que un cerrajero perforó el bombín de su puerta. La mañana que salió a por el pan, un mes después, con una mancha ovalada y húmeda a la altura de la cremallera del pantalón, la calle ya hablaba sin piedad del mal de Chema: “¿Éste? Como su mujer. Pobres… No somos nada”. En mayo, cuando el mercurio se atreve y le apetece sobrepasar los 20 grados de temperatura, se le vio por el barrio con un chaquetón de piel, un gorro de lana y unos guantes del mismo tejido; acudió con ese atuendo a la inauguración de una feria de escultura; se quitó la prenda de abrigo y llevaba puesta la camiseta interior encima del jersey de cuello alto. En otra fecha, la encargada del supermercado, hija de su médico de cabecera, habló con su padre al ver a la persona más honesta del lugar metiéndose en los bolsillos interiores de una gabardina dos paquetes de pañuelos de papel y una botella de ginebra. Una semana más tarde acudió al colegio a recoger a su nieto de un año y medio, un niño inconfundible por su pelo rubio albino, sus gafas con montura roja y su brazo izquierdo enyesado. Su última peripecia llevó a Chema hasta un centro equivocado, donde se llevó de la mano a otro menor. La alarma hizo que la Ertzaintza investigase la inexplicable desaparición del niño ajeno. Una alarma que, a las dos horas, se solucionó gracias a que descubrieron que, en otra escuela, había un menor al que sus familiares no habían reclamado ni echado en falta. “Anda, si me he equivocado… Como todos tienen las manitas igual de suaves, van con uniforme y, para más inri, veo tan poco… ¡Cuánto lo siento!”, se excusó ante un agente.

El barrio entero lo tenía claro. “Todo se pega, menos la hermosura”, aseguraban al referirse a este octogenario y a su mujer.

Tras un informe médico que se sostenía gracias a su reiterado desconcierto, Chema ingresó en la residencia de ancianos; lo ubicaron en la misma habitación que se encontraba su mujer, Adela. Esto sucedió un 21 de septiembre.

-Tú debes de ser Chema, titubeó Adela con un gesto poco expresivo, al verlo entrar en el cuarto.

-Te dije que me dieras un año para que volviésemos a estar juntos.

-¡Te has vuelto loco! ¿Estás de la cabeza?

-Eso creen, le contestó tras guiñarle el ojo.

 Fotografía: http://www.filmaffinity.com/

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