Tragar saliva

El otro día estaba trabajando. Como siempre, yendo de Internet a Outlook, de Outlook a Excel y de ahí a Word, Hootsuite o a Publisher. De vez en cuando, una reunión, una mandarina o un cigarro (pasivo) con mi compañero de fatigas y de madrugones.

A media mañana alguien me tocó el hombro; recuerdo que lo hizo justo cuando yo iba a tragar saliva. Era un señor. Era un currante. Era un colega. Era un amigo. Con un gesto de patio de caballos justo antes de que suenen los clarines, pálido como un jabonero y con sus ojos de buen tipo vidriosos, me dijo: “Me han despedido”. “¿Qué?”, contesté estupefacto. Y repitió aquella maldita frase que aún me impide tragar saliva.

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