Raquel Olcoz, traductora de ‘La viña de las uvas negras’ y autora de ‘Leo quería la luna’: “Escribir lo llevo dentro”

Raquel Olcoz ha marcado en rojo el 4 de abril. Ese día llegan a las librerías La viña de uvas negras y Leo quería la luna de la mano de la editorial Altamarea. El primer título, obra de la siciliana Livia de Stefani, lo ha traducido del italiano al español. Según palabras de esta tafallesa polifacética, se trata de “una pequeña joya que merecía ser abrillantada”. Su otra publicación, un libro infantil, “enseña a disfrutar de las cosas más hermosas de la vida, que son las que no se pueden poseer”.

 

Raquel Olcoz

 ¿Cómo surge la idea de traducir al español La viña de las uvas negras (Editorial Altamarea)?

La elección de publicar La viña de uvas negras refleja muy bien la esencia de la editorial Altamarea. Altamarea acaba de nacer, es un sueño que se realiza para Giuseppe Grosso y Alfonso Zuriaga.  Durante un viaje que hicieron a la India hace un par de años, se lanzaron la idea, más medio en serio que medio en broma, de crear una editorial que diera a conocer en España autores y obras de la literatura italiana que deberían ser imprescindibles, pero que son desconocidos en nuestro país. Así que Altamarea es hija de la valentía y del amor que estos nuevos editores sienten por Italia, que es un país maravilloso, lleno de arte y de paisajes únicos en el mundo, con una riqueza cultural impresionante, un país tremendamente inspirador.

Durante meses han investigado, leído, buscado y rebuscado obras de calidad en el mar inmenso de la literatura italiana. Y, afortunadamente, han rescatado La viña de uvas negras, que no es solamente una novela: es una pequeña joya que merecía ser abrillantada. En este libro, Livia de Stefani, una autora siciliana del siglo pasado que se dedicó a la literatura contra la voluntad de sus padres,  retrata con una mirada compasiva y casi documental la vieja Sicilia rústica y profunda de principios del siglo pasado. Traza con una maestría impecable los rasgos de una familia, de una tierra, de una época, de una sociedad hipócrita y opresiva donde la jerarquía, el miedo y la sumisión eran los engranajes que movían el mecanismo de la vida cotidiana.

¿Qué te atrajo de esta obra para traducirla?

 Cuando Giuseppe Grosso me lo propuso, lo primero que pensé fue que era un honor. Luego, cuando leí el libro, lo que pensé fue que era una historia impactante, que se podría hacer un guión cinematográfico fantástico con esta novela y que traducirla iba a ser todo un desafío. Es un libro con un lenguaje muy rico, un estilo muy florido, un montón de matices, porque la lengua italiana es muy, muy rica en matices.  Tenía pinta de ser difícil… así que acepté. Jajaja.

¿Existe margen creativo en la traducción?

 No. Quizá en las frases hechas o los juegos de palabras, que traducidos literalmente pueden tener poco sentido, y a lo mejor en tu idioma eso se dice con otra frase hecha que no se parece en nada a la original, pero que da la idea exacta. Pero en general, no debes permitirte licencias creativas. El libro es la voz del autor,  sería una falta de respeto “adornar” una obra que no has creado tú, un poco como cambiar la decoración en casa de otro sin su permiso.  Ahí está quizá la parte más compleja: hay que ser humilde, no pensar que tú podrías haberlo expresado mejor. Y sobre todo hay que ser puntilloso, no conformarte con la primera palabra que podría encajar, sino tratar de comprender a fondo los matices que ha dado el autor y buscar la palabra castellana que más se ajuste. Cada palabra tiene muchos sinónimos, pero cada sinónimo tiene un matiz. Para traducir fielmente hay que dar con el que queda perfecto. No exagero si te digo que con este libro, delante de expresiones que no tienen traducción literal al castellano, Giuseppe Grosso (que es italiano, de nombre y de cuna)  y yo hemos pasado a veces horas buscando el modo más preciso para decir tal o cual cosa.  Un día él me dijo que traducir es tan difícil como estimulante. Y tiene razón.

¿Cómo te has formado en este idioma para lograr tal nivel lingüístico?

 Empecé estudiando italiano en Madrid, en el Instituto Italiano de Cultura. Allí gané una beca para hacer un curso intensivo en Padua, y a raíz de esto conocí al que hoy es mi marido, que es italiano. Me lo jugué todo a esa carta y  me trasladé a Italia. Y esa es la mejor escuela: practicar un idioma constantemente, todos los días, en todos los ámbitos.

A parte, yo soy periodista, siempre he sido muy quisquillosa con la precisión lingüística. Creo en la responsabilidad que los periodistas tenemos cuando usamos la palabra, que es nuestra herramienta de trabajo. Igual que a nadie le gustaría estar en manos de un cirujano al que le tiembla el pulso, o que es un poco chapucero con el bisturí, o que remienda sin esmero, creo que a todos los periodistas habría que exigirnos una pulcritud lingüística absoluta.  Ser precisos no quiere decir ser pedantes, o pretenciosos, o cargantes. Quiere decir ser rigurosos. Esto he intentado respetarlo siempre con el castellano, pero es la misma filosofía que le he aplicado al italiano desde que empecé a estudiarlo. Ser minucioso te lleva a concebir un idioma como un aprendizaje constante.

Traducir una obra exige un alto conocimiento del idioma, pero también sumergirse en el texto original. ¿Cómo has realizado este proceso?

Sumergirse en La viña de uvas negras es fácil, porque es una historia que te atrapa. Hay pasajes muy duros en el libro, fragmentos que impactan y ahí se queda la huella. Y cuenta con descripciones fascinantes que te transportan a los lugares y a las costumbres la Sicilia de los años 30.  Cuando el texto original es tan crudo y tan magnífico sólo hay una forma de afrontar el proceso de traducción: con respeto.

Leo quería la luna es otra incursión tuya en el mundo literario. ¿Cómo es este libro infantil, con ilustraciones de Patricia Bernardos?

Leo quería la Luna es mi primer libro para niños, estoy muy ilusionada, es como la cuenta atrás antes de dar a luz. Formará parte de la colección Piccolini, de Altamarea. Es un cuento que enseña a disfrutar de las cosas más hermosas de la vida, que son las que no se pueden poseer. Acabo de ver las primeras páginas recién estampadas y te puedo decir que es algo conmovedor. Pero Leo  no es sólo mío. Es un trabajo de equipo maravilloso. Patricia le ha dado magia a mi texto con sus imágenes, yo creo que lo ha convertido en una pequeña obra de arte, con un buen gusto y una delicadeza que me emocionan. La directora artística, Sara Maroto, y la diseñadora gráfica, Sara Giacomini, han metido más horas que un reloj en la composición del libro. Y los editores, Giuseppe Grosso y Alfonso Zuriaga, han creído en este proyecto y lo han mimado mucho, han querido hacer una edición de gran calidad. Estamos todos muy ilusionados con este libro.

Tras tu paso por el mundo audiovisual, has cultivado otras artes, como el doblaje, la escultura y la literatura.

He trabajado durante diez años como redactora y guionista en televisión, en diferentes programas de TVE, Antena 3, Tele 5 y la Sexta. Y también como actriz de doblaje, un mundillo apasionante, pero muy, muy competitivo. Cuando me fui a Italia cambié completamente de ruta, aunque he seguido colaborando con varios medios de comunicación españoles.

Lo de escribir lo llevo dentro, a veces digo que es lo único que de verdad sé hacer medio bien, jajaja. Y la escultura fue un descubrimiento casual, un flechazo. Era algo que me llamaba la atención, pero nunca pensé que pudiera convertirse en una parte tan importante de mi vida. La terracotta para mí es casi una terapia, es un momento de recogimiento personal, te concentras tanto en los detalles de lo que estás haciendo con las manos que no piensas en nada más. Y es una válvula de escape, una especie de catarsis. Recuerdo que durante un periodo en el que cubrí la crisis de los refugiados para un periódico español tuve que escuchar historias tan duras, conocí historias tan dramáticas con nombres y apellidos, que llevaba a cuestas siempre una especie de malestar, una pena y una rabia enquistadas por dentro. En aquella época hice dos grupos escultóricos en terracotta y alambre espinado con el título “Hijos de Siria”,  eran rostros compungidos de gente que huía. No me salía esculpir otra cosa.

El 4 de abril La viña de uvas negras y Leo quería la luna llegarán a las librerías. ¿Y para el futuro?

Para el futuro,  espero que esta aventura nos lleve lejos. Estoy trabajando en la traducción de Los años rotos, que fue el libro revelación de Dacia Maraini. Una obra diametralmente opuesta a La viña de uvas negras. Narra una historia árida que provoca compasión y un cierto desasosiego,  con un estilo ágil, provocativo, casi frío.  Hechos puros y duros, acompañados de sensaciones, pero sin estados de ánimo o sentimientos. Y espero también que a los niños les guste Leo quería la luna. Y que a los mayores les atrape La viña de uvas negras.  Que salgan nuevos títulos en los que poder trabajar.  Y visto que hablamos de Altamarea, le dedico a la editorial la frase con la que se les augura a los marineros que hagan un gran viaje: ¡Buen viento y buena mar!

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