antes-de-que-huela-a-cafe.jpgUn prestigioso escritor con graves problemas económicos llega a un acuerdo con el dueño del restaurante que frecuenta: pactan intercambiar relatos de su puño y letra basados en noticias del periódico por el menú del día.
Esta historia encadena más de una treintena de cuentos breves donde aparecen conversaciones, casualidades y confesiones bajo el paraguas de una literatura sencilla, salpicadas con finales sorprendentes.
Antes de que huela a café, obra íntegramente benéfica para la Asociación de Esclerosis Múltiple de Navarra, ADEMNA, refleja la vida misma.

 

Ficha Técnica

ISBN: 978-84-614-3414-5
PVP: 10€
Nº de páginas: 130
Editorial: autoedición
Distribuidora: ADEMNA
Fecha de edición: septiembre 2010

Capítulo 1

Manuel, un prestigioso escritor de cierta edad, atraviesa una grave crisis económica. Dicha situación le ha obligado a vender las joyas familiares, su biblioteca particular, el borrador de su última novela y hasta su herramienta de trabajo: la pluma estilográfica. De rancio abolengo, bohemio, elegante y algo quijote, malvive en una habitación de alquiler donde comparte los siete metros cuadrados con una litera, siempre ocupada a medias, unos cuantos folios con su membrete y varias tarjetas de visita que dan fe de su vida en la Real Academia Española.

Esta complicada circunstancia la conoce Damián, el dueño de La Academia, un distinguido restaurante ubicado en el bajo del edificio de los sillones con las letras mayúsculas y minúsculas. Damián, gran aficionado a la literatura, es consciente del estatus y gastos de representación de don Manuel, la elegancia personificada con traje, siempre gris, beige o de pata de gallo, corbata y pañuelo a juego.

-¿Qué quiere que le sirva?, don Manuel.

-Nada.

-A ver, niño. ¡De momento, ponle lo de siempre a don Manuel!, voceó Damián a un camarero.

-He venido a hablar con usted, Damián. Nosotros nos hemos dado de comer mutuamente a lo largo de todos estos años. Usted, literalmente, y yo pagándole la carta o el menú. El trato y la comida, exquisitos, como he esperado de La Academia.

-Don Manuel, dispare. Aunque…, este chaleco no es antibalas, dijo asombrado mientras se pasaba las manos por la pechera.

-Me han comentado en la otra Academia, la del piso de arriba, que he ganado el Premio Nacional de la Letras.

-¿De verdad? ¡Enhorabuena, don Manuel! ¡Felicidades!

-Gracias. No lo airee, se lo pido por favor; no lo van a hacer público aún, susurró.

-No se preocupe, soy una tumba.

-Me hacía mucha falta algo así y estoy feliz, pero no del todo. Mi estómago reclama tres comidas diarias, no se alimenta de galardones. Hambre se escribe con hache.

-¡Hache! Precisamente ésa es la letra del sillón que ocupa en la Real Academia Española, don Manuel.

-Sí, Damián, por eso se lo digo… Pronto ingresarán en mi cuenta bancaria cierta cantidad de dinero. Ahora, el poco que me queda lo invierto en literatura, el alquiler de mi habitación y varios, comentó mientras se señalaba el vestuario. Le voy a proponer un trato, un buen trato.

-Usted dirá, don Manuel…

-Me sirve el menú del día y yo, a cambio, le pago en especie.

-¿Qué?

-Un trueque. Un relato breve de mi puño y letra por un primero, segundo, postre y café. Ahora cotizo al alza…

-¡Hombre, qué quiere que le diga, don Manuel!

-¡Que sí! Usted afirma siempre que es tan importante una silla en La Academia como un sillón en la Academia, ¿no? ¿Sabe por qué es tan significativo su restaurante? Porque los artistas convivimos aquí desde el lunes hasta el domingo, Damián. Veladas, discusiones, tertulias…

-Sí, sí; son prototipos, ejemplos de sabiduría, modelos de inspiración.

-Vivo arrendado; tengo mi librería tan vacía como el joyero que heredé de mis padres; ni siquiera conservo mi pluma estilográfica. Sólo me queda el prestigio. Esto lo hago, sencillamente, por amor al hambre… ¿Acepta el trueque?

-…

-Mire Damián: puede coleccionar los relatos.

-En fin, por ser vos quien sois, don Manuel. Deje que le ponga una condición o le plantee un reto. No va a traer a La Academia ninguna idea previa en la cabeza; se va a inspirar en una noticia del periódico del día; la que yo elija.

-¿Y que de ahí nazca un relato breve?

-¡Exacto! Después yo los guardo, enmarco, regalo o lo que sea, don Manuel. ¿Le parece?

-Me parece, Damián. Todos los días tendrá el relato terminado tras el postre. Antes de que huela a café.

Y, gracias a ese pacto entre caballeros, así ocurrió durante unos cuantos días. El primero de ellos Manuel tomó menestra de verduras, rape al horno, natillas y un cortado; a cambio escribió La crema antiedad; se inspiró en una noticia del periódico que Damián escogió sobre el consumo de cosméticos masculinos.

 

Anuncios