Imagen1.pngUn solitario vagabundo, el dueño de una tienda de antigüedades, un médico jubilado y una mujer ambiciosa coinciden frente a ‘Yo, Picasso’, el famoso cuadro que el malagueño pintó en 1901. Los cuatro aman el arte y harán todo lo posible para que este óleo tenga una segunda vida. Todo. Hasta cometer una serie de actos que…

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Escucha la banda sonora ‘La balada de Miguel Ángel Expósito’, de Patxi Garro.

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Ficha técnica:

ISBN: 978-84-7768-290-5
PVP: 15€
Nº de páginas: 204
Editorial y distribuidora: Ediciones Eunate
Fecha de edición: 3 de mayo 2016

Capítulo 1

De repente, una vida anodina adquiere relieve.

Cuando aquel mendigo entró en la tienda de antigüedades La Capilla Sixtina, no sabía dónde se estaba metiendo. Empujó la puerta con la intención de que la silla que se encontró entre dos contenedores de basura se convirtiera en un billete y, después, en alguna que otra caja de vino tinto; arrastraba el asiento de estilo tudor de cuero repujado y remaches con cierta desidia, con la garantía del no, de la respuesta que había recibido en otros tres comercios llenos de valor vetusto. Miguel Ángel Expósito no mantenía el equilibrio, así que apoyó las dos manos sobre el respaldo del asiento y, con cierta dificultad, quiso vender el objeto a un tipo de gesto estresado y con la respuesta en la cara.

-Buenas tardes.

-No me interesa.

-He dicho buenas tardes. Todavía no le he ofrecido esta silla, mi silla. Porque es mía.

-Por favor, váyase. No perdamos el tiempo, no me sobra.

-¿Y si le pido que la restaure?

El individuo en cuestión rastreó el local sin detener la mirada en las cómodas, alfombras persas, sillones Luis XVI, crucifijos de marfil, archivadores de farmacia, bargueños, cornucopias…; tampoco atendió a un cabinet en laca japonesa, una pareja de grisallas o varios dibujos y manuscritos de Jorge Oteiza hasta que sus retinas tropezaron con un cuadro mayúsculo.

-Esta debe de ser la joya de la corona, ¿verdad socio? Yo, Picasso, 1901. Uno de sus primeros autorretratos. Creo que lo pintó con menos de veinte años, en el periodo azul. Yo, a esa edad, le dije a mi madre: “No me esperes despierta”; desde entonces duermo a la intemperie; hace ya más de tres décadas que no me pongo un pijama… Se lo cambio por esta silla y una caja de vino que he dejado junto al escaparate. ¿Firma?

-¿Quiere irse o prefiere que llame al 112 y acabamos en la comisaría?

-No es una obra maestra, pero sí icónica. Tiene fuerza en la mirada. Mucha. Impone más que los dos agentes de uniforme que podrían echarme de aquí. Bueno, visto que no hay negocio posible con el retrato, le cambio esta silla por un billete del valor que quiera. Usted la restaura y la podría vender por tres billetes. No hay mayor concentración de estúpidos que la que se da alrededor de una obra de arte. ¿Y si dice que la silla, qué sé yo, perteneció a un ministro del Aire o a un duque? La venderá por una pasta; puede que hasta algún tonto suba la oferta…

El comerciante, en un alarde de perro ladrador, descolgó su teléfono con la intención de llamar a la autoridad, algo que no inquietó al mendigo, aunque no le hizo falta marcar los dígitos. Aquel tipo de mirada cansada y barba indómita abandonó La Capilla Sixtina tras observar con fijeza el letrero de la tienda.

-Me voy con mi silla. El destino ha querido que termine en la basura, pues ahí la llevo. Pobrecita mía… Con el papel tan bueno que habría hecho alrededor de una mesa, por ejemplo, de nogal; podría venderla por…

-¡Fuera!

-¿Cómo le puede llamar a su local así? Si levantara la cabeza mi tocayo… Uy, si no me he presentado; soy Miguel Ángel Expósito.

-¡Fresco!

Tras abandonar el mostrador con brío, el anticuario cogió su bolígrafo de la oreja, lo sostuvo con fuerza en la mano y gritó: “¡Al cuerno con su silla! ¡Y a beber al Arga o al Café Iruña!”.

El comerciante se lamentó; siempre anhelaba que quien se acercase a su negocio se marchara de él tras haberle pasado la tarjeta de crédito por el datáfono, mostrarle su habitual sonrisa posventa y esperar emocionado la llegada de otro cliente. Y, por supuesto, si alguien salía con las manos vacías, la mayor puñalada que podía sufrir consistía en ver a la persona en cuestión entrar en la tienda de enfrente y abandonarla con objetos, frecuentemente artísticos, interesantes o valiosos por ser antiguos.

Ya en la calle, el mendigo golpeó con los nudillos en el escaparate. Cuando llamó la atención del anticuario, señaló al autorretrato de Picasso y elevó su pulgar hacia arriba a la vez que guiñó un ojo. Este, tras realizar diversos aspavientos, permaneció embobado ante el objeto más valioso de La Capilla Sixtina, donde el genial pintor del egocéntrico pronombre personal observaba a cualquiera a través de su poderosa mirada, desbordante de confianza y seguridad.

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